Friday, March 11, 2005

a cuba en buque mercante

sólo una vez en mi vida hice un viaje transatlántico en buque. fue cuando terminé, en agosto de 1989, la carrera en la ex-RDA. me había empecinado en querer hacer el viaje de regreso a cuba en barco. en la embajada cubana en berlín me dijeron que era imposible cambiar el billete de avión por un pasaje en buque...

nada, llamé a la habana, a mi padre, que trabajaba cuando aquello en la marina mercante: "papi, dime qué barcos cubanos están los próximos días en el báltico". me dió los datos de uno que estaba en sczeczin/polonia y que era capitaneado por un amigo suyo. llamé al capitán. "claro que te llevamos a cuba. ven antes del viernes, que zarpamos"...

el miércoles empaqué toda la pacotilla y mis cosas y me fui a sczeczin en tren. me monté en el barco sin pasar control alguno (era 1989 y los polacos ya estaban del lado de acá), me asignaron un camarote, y dos días después nos hicimos a la mar.

cuando me instalé a bordo faltaban dos días para levar anclas. el televisor en el salón de tripulantes mostraba constantemente los canales de la RFA que se cogían perfectamente. los tripulantes, insulares de la información, no entendían las extrañas escenas: miles de alemanes del este brincando los muros de las embajadas de la RFA en varsovia y praga, huyendo por la frontera de hungría hacia austria... los tripulantes curiosos y por no conocer el idioma, preguntándome qué estaba pasando.

les expliqué con beneplácito poco encubierto que el comunismo se estaba derrumbando. momentos después de terminar mi discurso en el salón, y estando ya a solas, se me acercó el jefe de máquina, un tipo de unos cuarenta y cinco años, rubio, ojos claros y una barba tupida, y me dice muy bajito que muy interesante lo que conté, pero que tuviera cuidado con lo que decía, cómo lo decía y a quién se lo decía, porque de este viaje resultaría por lo menos un informe de la seguridad del estado sobre mi persona. no hice ningún comentario político más en todo el viaje.

el buque era un "bahía", de fabricación española... ya el primer día me entró vergüenza por no hacer nada mientras casi toda la tripulación trabajaba como locos, y fui a ver al capitán para plantearle que no me importaba si me ponía a trabajar en la cocina. pero éste me respondió que NO, que si trabajaba para uno de los equipos de la cocina entonces los otros equipos se verían en desventaja, poniendo en peligro el equilibrio y la frágil paz de a bordo. estuve, entonces, las cuatro semanas sin mover un dedo.

decía "casi toda la tripulación trabajaba como locos", porque hay tres personajes que tienen mejor vida en un buque mercante cubano: el telegrafista, el enfermero, y ese engendro llamado el político. y el político a bordo de este barco era un asco. bueno, probablemente ésa era su misión: ser un asco.

hicimos escala en kiel (un dia) y amsterdam (cuatro días). los holandeses me pusieron un cuño en el pasaporte que me permitió bajar a tierra cuando quisiese. tenía un dinerito occidental ahorrado que alcanzó exactamente para comprar los tickets del tren urbano del puerto a la ciudad ida y vuelta para esos cuatro días... amsterdam fue la primera metrópoli capitalista que conocí. la caminé exhaustivamente cuatro días: de nueve de la mañana hasta las ocho de la noche que tenía que estar de vuelta a bordo. me encantó. aún hoy sigue siendo una de mis ciudades preferidas en europa. y me la sé de memoria, gracias a aquellos días dando zapato con el estómago vacío. me encantaron sus olores, los miles de restaurantes, la gente de todos los continentes e indumentarias, las tiendas, los colores de las casas, los sex-shops, los flea-markets donde encuentra uno de todo lo pensable y lo impensable... se me hacía que hasta los céspedes eran más verdes que en la RDA.

ya ven, nunca se sabe dónde esá el gusanillo del "diversionismo ideológico" al acecho... recuerdo que pensé lo fácil que sería quedarme y no regresar al buque. pero no tenía ninguna intención de hacerlo. quería regresar a cuba, a mi gente.

estuvimos más de tres semanas en altamar, atravesando el atlántico.

pasar el canal de la mancha fue tal y como me lo imaginaba de libros y películas: un episodio tormentoso: mar picado, viento implacable, lluvia. terminantemente prohibido salir a cubierta. incluso a los más experimentados marineros se les veía verdes por la náusea. al dia siguiente, finalmente, entramos en el océano.

pasaba los días sentado en la proa con las piernas colgando por el enorme agujero para el cabo del ancla, una posición harto peligrosa ya que con una sacudida del barco me podía ir por el agujero y nadie se enteraba -- mucho menos porque la cubierta estaba repleta de contenedores y nadie podía verme desde el puente. sentado así el barco quedaba a mis espaldas. tenía el infinito delante de mis ojos: el mar y el cielo que eran una sola extensión azul. y yo maravillado, disfrutando cada minuto de íntima comunión con el espacio.

también pasaba mis ratos en el puente de mando. tenía libre acceso a él, y me iba a calcular las millas recorridas, a jugar con el radar, a entretenerme contando historias con el oficial y el timonel de turno.

la noche en altamar es un espectáculo inefable. lejos de cualquier foco de contaminación lumínica pude por vez primera en mi vida conocer la plenitud dela noche.

las estrellas. se ven miles y miles de veces más estrellas que en la ciudad. la vía láctea es una franja clarísima que parte el cielo. tanto es el resplandor de las estrellas, que casi se puede leer a su luz, aun sin luna.

y la luna. cuando sale la luna en altamar es como si saliera otro sol. tanta es su fuerza. su luz lo tiñe todo de plata: los contornos del barco, las olas que la reflejan y quiebran infinitamente, y hasta el cielo adquiere un resplandor de azogue.

me tiraba en la popa sobre un mesón boca arriba y así me quedaba horas mirando el cielo y sus astros, sin más acompañamiento acústico que el runrún del motor del barco, el viento y las olas rompiendo contra el casco. hasta que el frío o el sueño me hacían regresar al camarote.

cuando nos adentramos en el caribe el mar tornóse turquesa. era como navegar en una inmensa piscina. en estas aguas tibias y claras nos acompañaban los peces voladores y los delfines, que le hacían competencia al buque. en los dos días que tardó la travesía antillana mi piel despintada por la oscuridad y el frío europeos recuperó sus colores.

llegué estreñido, pero fresco como un lechuga, al puerto del mariel, donde me estaban esperando mis padres. han pasado muchos años de aquel viaje increíble y todavía hoy lo recuerdo con especial nolstalgia.

7 febrero 1999
(11 marzo 2005, reeditado)
(c) Julian de Colonia

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