La pájara mártir - sueño de una noche de verano
Para Alexis, que entregó las cartas.
Querido Alexis:
Anoche tuve un sueño extraño que te cuento aquí.
Soñé que me había obsesionado con matar a Fidel aún a sabiendas de que sería imposible salir con vida de tal empresa. Quizá tenia cáncer terminal, o SIDA en su último estado... no sé. El caso es que estaba decidido a morir para liberar a Cuba de su pesadilla.
Para ello empecé a intensificar mis contactos con la embajada cubana aquí en Berlín y logré en poco tiempo ser activista destacado del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP). Estaba convencido que la única forma de tener éxito era haciéndolo todo solo, sin cómplices ni ayudantes ni informantes de ningún tipo (por aquello de que donde hay tres cubanos conspirando, dos son chivatos de la Seguridad del Estado).
Viajaba a Cuba con frecuencia y participaba en cuanta actividad de "solidaridad con el pueblo de Cuba" organizara el ICAP con militantes alemanes. Tanto me destaqué, que en mi próximo viaje a Cuba me invitaron a estar en la tribuna de la Plaza de la Revolución durante un discurso del Comandante en Jefe.
Hacía un calor terrible, debía ser verano, probablemente un 26 de julio. Y Fidel llevaba ya horas hablando. Mi asiento estaba cuatro filas detrás y casi en una línea con la plataforma desde la cual el Comandante hablaba sin parar.
Al lado mío estaba sentado un dinosaurio histórico de la Revolución de uniforme verde olivo y con su revolver de 50 años a la cintura. Aprovechando un pestañazo profundo de mi vecino, le arrebaté el revolver, me paré y descargué todas las balas en dirección al tirano. Los guardaespaldas, reaccionando con medio segundo de retraso por la sorpresa (y quizá el agobio de la muela y el calor), me tiraron con AK hasta dejarme irreconocible. En el sueño, aunque estaba, más que muerto, hecho picadillo, seguía viendo los sucesos como desde muy arriba.
Fidel murió a los pocos minutos. Por lo menos dos balas mías hicieron blanco, una de ellas en la cabeza, y se veía una espesa masa gris y sangre saliéndole por el occipital izquierdo. Te imaginarás el salpafuera que se armó: los extranjeros de la tribuna huyendo despavoridos. Los acólitos del dictador llorando histéricos. La masa congregada gritando consignas revolucionarias y antiamericanas allá abajo. Y la CNN dándose banquete. Lograron filmar todo el show: cuando yo me levanté y comencé a disparar; Fidel cayéndose tras el impacto de los proyectiles; la masacre de los guardaespaldas... Con estas imágenes espectaculares (que lograron transmitir por satélite en vivo, salvando la censura posterior) tuvieron durante casi dos días una subida de 25% de la teleaudiencia. Repetían una y otra vez las imágenes, para regocijo de unos y dolor extremo de otros a lo largo y ancho del mundo.
La víspera de éste mi último viaje a Cuba te había enviado un sobre sellado con la instrucción de abrirlo en caso de que me pasara algo, y de enviar los sobres pequeños que contenía a sus destinatarios. Tú me reconociste en las imágenes de televisión y cumpliste mi pedido. Las cartas iban dirigidas a los periódicos más importantes del mundo libre, desde El País pasando por el Frankfurter Allgemeine, el Libèration hasta el Washington Post, con mi propio epitafio. Mi mensaje decía que yo, el patriota que tuvo cojones de entregar su vida en aras de ajusticiar al tirano, era maricón, enfermo a las pingas, ávido de hombres jóvenes y duros. Que el mejor tributo a mi memoria en una nueva Cuba sería el respeto y la tolerancia verdaderos hacia todas las formas de otredad, incluyendo la homosexualidad. Todos los periódicos publicaron mi escrito y la historia del maricón que le pasó cuchilla a Castro pasó a la Historia.
El sueño terminó con Calixto, mi primo en EEUU, retorciéndose en su sillón en Miami, deseando que Fidel Castro siguiese vivo con tal de no tener que agradecerle a un maricón el fin de la dictadura....
Y colorín colorado, este sueño patriótico y gay-militante ha terminado.
Septiembre 2000
(c) Julian de Colonia
Querido Alexis:
Anoche tuve un sueño extraño que te cuento aquí.
Soñé que me había obsesionado con matar a Fidel aún a sabiendas de que sería imposible salir con vida de tal empresa. Quizá tenia cáncer terminal, o SIDA en su último estado... no sé. El caso es que estaba decidido a morir para liberar a Cuba de su pesadilla.
Para ello empecé a intensificar mis contactos con la embajada cubana aquí en Berlín y logré en poco tiempo ser activista destacado del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP). Estaba convencido que la única forma de tener éxito era haciéndolo todo solo, sin cómplices ni ayudantes ni informantes de ningún tipo (por aquello de que donde hay tres cubanos conspirando, dos son chivatos de la Seguridad del Estado).
Viajaba a Cuba con frecuencia y participaba en cuanta actividad de "solidaridad con el pueblo de Cuba" organizara el ICAP con militantes alemanes. Tanto me destaqué, que en mi próximo viaje a Cuba me invitaron a estar en la tribuna de la Plaza de la Revolución durante un discurso del Comandante en Jefe.
Hacía un calor terrible, debía ser verano, probablemente un 26 de julio. Y Fidel llevaba ya horas hablando. Mi asiento estaba cuatro filas detrás y casi en una línea con la plataforma desde la cual el Comandante hablaba sin parar.
Al lado mío estaba sentado un dinosaurio histórico de la Revolución de uniforme verde olivo y con su revolver de 50 años a la cintura. Aprovechando un pestañazo profundo de mi vecino, le arrebaté el revolver, me paré y descargué todas las balas en dirección al tirano. Los guardaespaldas, reaccionando con medio segundo de retraso por la sorpresa (y quizá el agobio de la muela y el calor), me tiraron con AK hasta dejarme irreconocible. En el sueño, aunque estaba, más que muerto, hecho picadillo, seguía viendo los sucesos como desde muy arriba.
Fidel murió a los pocos minutos. Por lo menos dos balas mías hicieron blanco, una de ellas en la cabeza, y se veía una espesa masa gris y sangre saliéndole por el occipital izquierdo. Te imaginarás el salpafuera que se armó: los extranjeros de la tribuna huyendo despavoridos. Los acólitos del dictador llorando histéricos. La masa congregada gritando consignas revolucionarias y antiamericanas allá abajo. Y la CNN dándose banquete. Lograron filmar todo el show: cuando yo me levanté y comencé a disparar; Fidel cayéndose tras el impacto de los proyectiles; la masacre de los guardaespaldas... Con estas imágenes espectaculares (que lograron transmitir por satélite en vivo, salvando la censura posterior) tuvieron durante casi dos días una subida de 25% de la teleaudiencia. Repetían una y otra vez las imágenes, para regocijo de unos y dolor extremo de otros a lo largo y ancho del mundo.
La víspera de éste mi último viaje a Cuba te había enviado un sobre sellado con la instrucción de abrirlo en caso de que me pasara algo, y de enviar los sobres pequeños que contenía a sus destinatarios. Tú me reconociste en las imágenes de televisión y cumpliste mi pedido. Las cartas iban dirigidas a los periódicos más importantes del mundo libre, desde El País pasando por el Frankfurter Allgemeine, el Libèration hasta el Washington Post, con mi propio epitafio. Mi mensaje decía que yo, el patriota que tuvo cojones de entregar su vida en aras de ajusticiar al tirano, era maricón, enfermo a las pingas, ávido de hombres jóvenes y duros. Que el mejor tributo a mi memoria en una nueva Cuba sería el respeto y la tolerancia verdaderos hacia todas las formas de otredad, incluyendo la homosexualidad. Todos los periódicos publicaron mi escrito y la historia del maricón que le pasó cuchilla a Castro pasó a la Historia.
El sueño terminó con Calixto, mi primo en EEUU, retorciéndose en su sillón en Miami, deseando que Fidel Castro siguiese vivo con tal de no tener que agradecerle a un maricón el fin de la dictadura....
Y colorín colorado, este sueño patriótico y gay-militante ha terminado.
Septiembre 2000
(c) Julian de Colonia


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