A las tres y diez
A las tres y diez del sábado llegaba Erwin a Hamburgo. Habíamos quedado en que yo lo recogería en la Estación Central, pasabamos juntos unas horas y luego él continuaba viaje a Berlín, donde tenía que participar en un seminario el domingo por la mañana.
Yo iba a pasarme el fin de semana completo en Hamburgo visitando a mi madre. El jueves ella me anticipó por teléfono que una amiga que cumplía nosecuántos años la había invitado a una fiestecita de señoronas con café y tartas el sábado por la tarde. Qué bien: con las cosas así pensaba verme con Erwin unas horas el sábado mientras mi madre asistía al cumpleaños de su amiga... Pensaba.
El viernes por la noche arribé a casa de mi madre. Le llevé unas margaritas que daban gusto. Las arregló en un jarrón sobre la cómoda y cuando nos sentamos en el sofá dijo: "Mañana no voy a donde mi amiga... estoy resfriada... y además... tú estás aquí". Un calambre frío bajó lentamente por mi espinazo. Con este cambio de plan tenía dos opciones: llamar a Erwin y decirle que no nos encontraríamos, que viajara directo a Berlín, o contarle a mi madre, de una vez por todas, mi inútil secreto.
Si me decidí por lo segundo no fue por valentía. Para llamar a Erwin habría tenido que hacerlo con el teléfono de mi madre, desde su apartamentico sin escondites. Además, a Erwin le habría dolido y decepcionado sobremanera que yo hubiera optado por cancelar el encuentro. Tomada la decisión, venía la pregunta de cómo y cuándo decírselo a mi madre.
"Cuanto antes, mejor, para tener tiempo para conversar y contarle un poco antes de que lo conozca... Pero, ¿cómo carajo empiezo?" Un dolor en la boca del estómago no me dejó en paz hasta la noche siguiente. Por supuesto que me acosté sin decirle nada. "¡Cobarde, cobarde!" retumbaba una y otra vez en mis oídos, y me despertaba a cada rato en medio de la penumbra de la sala, sudoroso y sofocado, con un puñal en el vientre.
El sábado nos levantamos a las nueve. Desayunamos. Salimos de compras. Sabía perfectamente que no iba a abrir la boca, y esta convicción recrudecía mi dolor de barriga. Cagué seis veces esa mañana: cada vez que pensaba en el próximo e inevitable arribo de Erwin a Hamburgo tenía que ir corriendo al baño. A las doce preparamos conjuntamente el almuerzo: mi brazo en la cocina revolviendo el pollo en cazuela y el resto de mí, con los nervios a punto de traicionarme, ausente, en otro planeta. A la una almorzamos. Apenas me bajaba bocado. Pero mis cualidades histriónicas son tales que mi madre no percibió nada excepcional en mi comportamiento. Nos tiramos en el sofá para dormir la siesta. "¡Dícelo ahora, coño! ¡Ya son casi las dos! ¡No puedes dejar a Erwin embarcado y sin noticia en la estación! ¡Coñoooo!" Para alivio transitorio mío, mi madre cayó rendida al instante. "Si duerme no puedo hablar con ella...", me dije, buscando la mirada cómplice de las mudas y estáticas margaritas.
A las tres nos levantamos. De casa de mi madre a la Estación Central es un cuarto de hora en coche. Tenía ganas de llorar. Mis tripas estaban más vacías que un caño de desagüe en época de seca, de modo que no podía buscar fugaz alivio en el baño. Mi madre bajó un momento a botar la basura. Me lancé hacia el teléfono y llamé a casa de Erwin para dejarle un mensaje en el contestador automático, sabiendo que él lo rastrearía desde Hamburgo al verse abandonado en la estación. Le dejé dicho que me esperara en la taquilla principal, que llegaría con algún retraso. Apenas colgué el teléfono sonó el timbre de la puerta. Mi hermano (que sí ya sabía, aliado secreto, aunque su presencia ahora no me era una ayuda). Saludos. Y detrás mi madre de regreso. Nos sentamos los tres en el sofá. Conversamos. Yo no oía nada. Tampoco veía más que figuras borrosas, irreconocibles. Ansiedad. Desasosiego. El secundero del reloj sobre la cómoda daba vueltas a tal velocidad que mirarlo me provocaba náuseas. Las margaritas, despeinadas por la ventolera que levantaba el reloj, me miraban comprensivas y con cierta lástima. Eran casi las tres y diez.
A las tres y diez en punto me levanté y fui a la cocina. Contuve las ganas de vomitar, me repuse un poco y grité. Grité como un náufrago que divisa un barco en el horizonte después de semanas a la deriva agarrado de una tabla putrefacta: fue un grito sordo, desesperado y final de auxilio.
—Mami ven acá—, grité.
Mi madre interrumpió el diálogo con mi hermano y vino a la cocina.
—Dime—, se me acercó radiantemente cándida.
—Quiero presentarte a alguien—, le dije mirándola firmemente a los ojos, con una sonrisa forzada ocultando mi horror, sintiéndome como un balón que ha sido pinchado y que pierde el aire.
—¿Ah, si? ¿A quién?— Preguntó ya consciente de la seriedad del asunto, mas alegre y curiosa.
Un breve silencio dejó el "a quién" retumbando de una pared a otra, del piso al techo, como un eco inextinguible. Y mientras, yo buscando la forma más apropiada de soltárselo:
—How to say... my boyfriend—, acerté a balbucear finalmente, en la lengua extraña que suaviza las duras verdades.
Se me acercó y me abrazó. Ahora que ya estaba dicha la esencia sentía una fatiga infinita. Y su abrazo reconfortaba. Era como la primera ropa seca y tibia después del salvamento, dándome la sensación definitiva de haber sobrevivido la catástrofe.
De repente volví en mí y miré el reloj.
—Se llama Erwin—, dije. —Llegaba a las tres y diez a la Estación Central y quedé en recogerlo.
—Entoces hay que apurarse, que ya son las y cuarto—, respondió, y sin perder más tiempo partimos a la estación.
Julian
Hamburgo, 6 de mayo de 1995
Yo iba a pasarme el fin de semana completo en Hamburgo visitando a mi madre. El jueves ella me anticipó por teléfono que una amiga que cumplía nosecuántos años la había invitado a una fiestecita de señoronas con café y tartas el sábado por la tarde. Qué bien: con las cosas así pensaba verme con Erwin unas horas el sábado mientras mi madre asistía al cumpleaños de su amiga... Pensaba.
El viernes por la noche arribé a casa de mi madre. Le llevé unas margaritas que daban gusto. Las arregló en un jarrón sobre la cómoda y cuando nos sentamos en el sofá dijo: "Mañana no voy a donde mi amiga... estoy resfriada... y además... tú estás aquí". Un calambre frío bajó lentamente por mi espinazo. Con este cambio de plan tenía dos opciones: llamar a Erwin y decirle que no nos encontraríamos, que viajara directo a Berlín, o contarle a mi madre, de una vez por todas, mi inútil secreto.
Si me decidí por lo segundo no fue por valentía. Para llamar a Erwin habría tenido que hacerlo con el teléfono de mi madre, desde su apartamentico sin escondites. Además, a Erwin le habría dolido y decepcionado sobremanera que yo hubiera optado por cancelar el encuentro. Tomada la decisión, venía la pregunta de cómo y cuándo decírselo a mi madre.
"Cuanto antes, mejor, para tener tiempo para conversar y contarle un poco antes de que lo conozca... Pero, ¿cómo carajo empiezo?" Un dolor en la boca del estómago no me dejó en paz hasta la noche siguiente. Por supuesto que me acosté sin decirle nada. "¡Cobarde, cobarde!" retumbaba una y otra vez en mis oídos, y me despertaba a cada rato en medio de la penumbra de la sala, sudoroso y sofocado, con un puñal en el vientre.
El sábado nos levantamos a las nueve. Desayunamos. Salimos de compras. Sabía perfectamente que no iba a abrir la boca, y esta convicción recrudecía mi dolor de barriga. Cagué seis veces esa mañana: cada vez que pensaba en el próximo e inevitable arribo de Erwin a Hamburgo tenía que ir corriendo al baño. A las doce preparamos conjuntamente el almuerzo: mi brazo en la cocina revolviendo el pollo en cazuela y el resto de mí, con los nervios a punto de traicionarme, ausente, en otro planeta. A la una almorzamos. Apenas me bajaba bocado. Pero mis cualidades histriónicas son tales que mi madre no percibió nada excepcional en mi comportamiento. Nos tiramos en el sofá para dormir la siesta. "¡Dícelo ahora, coño! ¡Ya son casi las dos! ¡No puedes dejar a Erwin embarcado y sin noticia en la estación! ¡Coñoooo!" Para alivio transitorio mío, mi madre cayó rendida al instante. "Si duerme no puedo hablar con ella...", me dije, buscando la mirada cómplice de las mudas y estáticas margaritas.
A las tres nos levantamos. De casa de mi madre a la Estación Central es un cuarto de hora en coche. Tenía ganas de llorar. Mis tripas estaban más vacías que un caño de desagüe en época de seca, de modo que no podía buscar fugaz alivio en el baño. Mi madre bajó un momento a botar la basura. Me lancé hacia el teléfono y llamé a casa de Erwin para dejarle un mensaje en el contestador automático, sabiendo que él lo rastrearía desde Hamburgo al verse abandonado en la estación. Le dejé dicho que me esperara en la taquilla principal, que llegaría con algún retraso. Apenas colgué el teléfono sonó el timbre de la puerta. Mi hermano (que sí ya sabía, aliado secreto, aunque su presencia ahora no me era una ayuda). Saludos. Y detrás mi madre de regreso. Nos sentamos los tres en el sofá. Conversamos. Yo no oía nada. Tampoco veía más que figuras borrosas, irreconocibles. Ansiedad. Desasosiego. El secundero del reloj sobre la cómoda daba vueltas a tal velocidad que mirarlo me provocaba náuseas. Las margaritas, despeinadas por la ventolera que levantaba el reloj, me miraban comprensivas y con cierta lástima. Eran casi las tres y diez.
A las tres y diez en punto me levanté y fui a la cocina. Contuve las ganas de vomitar, me repuse un poco y grité. Grité como un náufrago que divisa un barco en el horizonte después de semanas a la deriva agarrado de una tabla putrefacta: fue un grito sordo, desesperado y final de auxilio.
—Mami ven acá—, grité.
Mi madre interrumpió el diálogo con mi hermano y vino a la cocina.
—Dime—, se me acercó radiantemente cándida.
—Quiero presentarte a alguien—, le dije mirándola firmemente a los ojos, con una sonrisa forzada ocultando mi horror, sintiéndome como un balón que ha sido pinchado y que pierde el aire.
—¿Ah, si? ¿A quién?— Preguntó ya consciente de la seriedad del asunto, mas alegre y curiosa.
Un breve silencio dejó el "a quién" retumbando de una pared a otra, del piso al techo, como un eco inextinguible. Y mientras, yo buscando la forma más apropiada de soltárselo:
—How to say... my boyfriend—, acerté a balbucear finalmente, en la lengua extraña que suaviza las duras verdades.
Se me acercó y me abrazó. Ahora que ya estaba dicha la esencia sentía una fatiga infinita. Y su abrazo reconfortaba. Era como la primera ropa seca y tibia después del salvamento, dándome la sensación definitiva de haber sobrevivido la catástrofe.
De repente volví en mí y miré el reloj.
—Se llama Erwin—, dije. —Llegaba a las tres y diez a la Estación Central y quedé en recogerlo.
—Entoces hay que apurarse, que ya son las y cuarto—, respondió, y sin perder más tiempo partimos a la estación.
Julian
Hamburgo, 6 de mayo de 1995


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