Ladillas
AHORA sólo me quedan, de los ácaros más famosos, el piojo y la sarna por probar. Había sufrido de niño amigo de los gatos la picante companía de la pulga pertinaz; también infante, jugando con perros, había comprobado en carne propia el voraz apetito de la garrapata chupadora; y hace ya unos diez años, en un hotel de supuesto pero no probado lujo, hube de jugar a los escondites, muy en contra de mi voluntad, con una chinche invisible. Y ahora les cuento cómo salí airoso de una batalla campal que libré recién contra un apertrechado ejército de sencillas y amarillas ladillas.
Me picaba el pubis en estos últimos días con intensidad poco común. Como es natural, no le presté especial atención a este hecho, para mí sin ningún tipo de importancia. Hasta que descubrí la primera, casualmente. Estaba subiéndome los calzoncillos después de una suculenta cagada (y la posterior y rigurosa limpieza) cuando un escozor violento en el pubis me hizo detener la acción vestidora para llevar las dos manos hacia el montecillo de vellos enroscados y rascarme fogosa y desaforadamente. ¡Ay cuánto placer causa rascarse cuando pica! Así estaba, rastrillándome con tanto gusto, suspirando y entrecerrando los ojos, cuando vi una cosita, una minúscula pelusita, amarillita, tiernecita, moviéndose, equilibrando como funámbula sobre uno de los numerosos pendejos. La cogí con el índice y el pulgar, me la acerqué para verla mejor, y estupefacto y preso de un asco paralizante me percaté de que se trataba de un parásito. La aplasté con las uñas de los pulgares y me hice a la búsqueda de parientes y amigos de aquella intrusa, encontrando, efectivamente, cinco o seis más, a quienes eliminé de la misma manera.
No me fue difícil dar con ella en la enciclopedia, pues si bien yo no sabía con certeza de qué bicho se trataba, era ladilla de los pocos nombres que me vinieron a la mente a la hora de buscar información acerca del parasitismo del que era víctima. Nosequecosa pubis. El nombre científico, o, más bien, el apellido, lo decía todo. Y la foto. Me dió un escalofrío tremendo reconocer en la foto al animal que había arrancado minutos antes de mis partes de pudor. Fue como reconocer en el compartimiento de un tren al único otro pasajero como el asesino sanguinario anunciado en el cartel colgado sobre su cabeza con su foto y el rezo "se busca"... Y bien, éter sulfuroso y DDT las exterminan, sentenciaba el libro que todo lo sabe. Pues nada, a comprar un jabón de azufre, que se obtiene en la droguería sin tener que dar mayores explicaciones, me dije.
Compré un jabón de azufre sin tener que dar explicaciones avergonzantes (¿y por qué avergonzante? ¡mira que uno es tonto!) o, mejor dicho, sin necesidad de explicar el incómodo motivo por el cual lo necesitaba. Me apresuré en llegar a casa. Me desnudé y fui inmediatemente a la ducha. Antes de abrir el grifo hice otro repaso, descubriendo nuevamente otra media docena de ácaros polizontes. Comencé a ducharme restregándome intensamente el jabón recién comprado por el pubis y dejando a la espuma actuar unos minutos. Lavé el calzoncillo con él, dejándolo largo tiempo enjabonado y enjuagándolo con agua hirviendo casi. Me puse ropa interior limpia y me acosté tranquilo de saber que las ladillas invasoras estaban siendo envenenadas en ese justo instante por el azufre ponzoñoso que les había aplicado.
Pero, ¡ay desengaño!, al día siguiente, si bien habían muerto unas cuantas ladillas, aún quedaban bastantes vivitas y coleando. Y peor todavía: tenía virtualmente todos los pendejos forrados con liendres. Como si los parásitos, al ver su existencia en peligro, hubieran resuelto reproducirse desenfrenadamente para asegurar la continuidad de la especie en aquel hábitat tibio y oscuro.
"Busco un talco antiladilla", susurré, con las orejas echando fuego, chispas y humo, a la dependiente de la farmacia de la esquina, rogándole al Señor y a los cuatro Arcángeles que nadie en la cola oyese ni entendiese mi pedido. "¿Qué cosa quiere?", gritó la mujer, maleducada. "Algo contra ladillas, un talco o algo por el estilo", repetí un poco más alto. La señora, impertinente, volvió a gritar, haciendo una mueca de incomprensión: "¿Contra qué?". Fue entonces cuando, con la paciencia gastada, pelada y quemada, vociferé, articulando cada sílaba de la oración: "Al-go con-tra la-di-llas". Una sonrisa marcó su rostro y comprendí que siempre hablaba así, gritando. La gente en la cola, que a la sazón había duplicado su largo, participaba divertida del espectáculo. "Ah, contra ladillas... No tenemos talco. Champú o ungüento, pero talco no tenemos." "Entonces déme el ungüento, por favor."
Es realmente un poderoso insecticida, el lindano. Lindano era el componente más importante del ungüento que compré en la farmacia de la esquina para exterminar a las ladillas que se habían diseminado en el velludo territorio que va desde mi ombligo hasta el escroto y aún más, hasta el ano. "Aplicar tres días consecutivos. Nunca por un período más largo", rezaban las instrucciones de uso. Y exactamente así hice. Ya de la primera unción nocturna y extrema perecieron todas ellas. ¡Ay cómo arde al untarse, cáustica, la pomada, en los güevos! (Gracias P.N. por el giro.) Quedé anonadado a la mañana siguiente cuando fui a la ducha y me quité los calzoncillos: un sinnúmero de bichitos muertos cayeron fríos y patitiesos sobre el igualmente gélido piso de azulejos negros, que ahora era negriamarillo: negra noche polar pespunteada con diminutas estrellas, cada estrella el alma de una ladilla asesinada por envenenamiento. Debe haber sido algo así como el holocausto lindánico lo que acaeció en mis partes esa noche. Mi asombro absoluto, sin embargo, no lo provocaba en primer lugar la incuestionable eficacia del preparado sino la pregunta: ¿de dónde carajo salieron tantas ladillas?
Siguiendo las instrucciones de uso de la pomada, me la estuve untando durante tres días consecutivos. El cuarto día cambié la ropa de cama, la toalla, pantalones, camisas, etc. Sólo quedaba una tarea por realizar en lo que a la batalla contra las ladillas se refería, y era librarme de las liendres inertes, aún prendidas de mis pendejos. Uno por uno hube de revisarlos, arrancando con las uñas del pulgar y el índice los huevecillos que encontraba pegados. Más de un vello fue extirpado de raíz en esta desagradable faena, pues estos bichos desgraciados utilizan un engrudo excelente.
El quinto día me entró nuevamente una gran comezón en el pubis y el escroto que me preocupó enormemente, pues el tratamiento con lindano no se podía repetir (bajo ningún concepto, según las instrucciones) hasta dentro de dos semanas. Implanté el estado de emergencia, con sirenas y todo, y, con la adrenalina a millón, que es cuando mis ojos se convierten en ojos de ágila, revisé acuciosa y prusianamente mi pendejera.
Pero nada, no se trataba de "La Guerra de las Ladillas, Segunda Parte" de George Ladillucas, sino que mi piel, que había sufrido mucho con la química insecticida, estaba despellejándose, causando aquel escozor reincidente.
Y aquí termina este cuento de horror. Si pensaban que les iba a contar cómo fue que las cogí, tengo que decepcionarlos. Abur.
Bonn, 8 de febrero de 1994
Me picaba el pubis en estos últimos días con intensidad poco común. Como es natural, no le presté especial atención a este hecho, para mí sin ningún tipo de importancia. Hasta que descubrí la primera, casualmente. Estaba subiéndome los calzoncillos después de una suculenta cagada (y la posterior y rigurosa limpieza) cuando un escozor violento en el pubis me hizo detener la acción vestidora para llevar las dos manos hacia el montecillo de vellos enroscados y rascarme fogosa y desaforadamente. ¡Ay cuánto placer causa rascarse cuando pica! Así estaba, rastrillándome con tanto gusto, suspirando y entrecerrando los ojos, cuando vi una cosita, una minúscula pelusita, amarillita, tiernecita, moviéndose, equilibrando como funámbula sobre uno de los numerosos pendejos. La cogí con el índice y el pulgar, me la acerqué para verla mejor, y estupefacto y preso de un asco paralizante me percaté de que se trataba de un parásito. La aplasté con las uñas de los pulgares y me hice a la búsqueda de parientes y amigos de aquella intrusa, encontrando, efectivamente, cinco o seis más, a quienes eliminé de la misma manera.
No me fue difícil dar con ella en la enciclopedia, pues si bien yo no sabía con certeza de qué bicho se trataba, era ladilla de los pocos nombres que me vinieron a la mente a la hora de buscar información acerca del parasitismo del que era víctima. Nosequecosa pubis. El nombre científico, o, más bien, el apellido, lo decía todo. Y la foto. Me dió un escalofrío tremendo reconocer en la foto al animal que había arrancado minutos antes de mis partes de pudor. Fue como reconocer en el compartimiento de un tren al único otro pasajero como el asesino sanguinario anunciado en el cartel colgado sobre su cabeza con su foto y el rezo "se busca"... Y bien, éter sulfuroso y DDT las exterminan, sentenciaba el libro que todo lo sabe. Pues nada, a comprar un jabón de azufre, que se obtiene en la droguería sin tener que dar mayores explicaciones, me dije.
Compré un jabón de azufre sin tener que dar explicaciones avergonzantes (¿y por qué avergonzante? ¡mira que uno es tonto!) o, mejor dicho, sin necesidad de explicar el incómodo motivo por el cual lo necesitaba. Me apresuré en llegar a casa. Me desnudé y fui inmediatemente a la ducha. Antes de abrir el grifo hice otro repaso, descubriendo nuevamente otra media docena de ácaros polizontes. Comencé a ducharme restregándome intensamente el jabón recién comprado por el pubis y dejando a la espuma actuar unos minutos. Lavé el calzoncillo con él, dejándolo largo tiempo enjabonado y enjuagándolo con agua hirviendo casi. Me puse ropa interior limpia y me acosté tranquilo de saber que las ladillas invasoras estaban siendo envenenadas en ese justo instante por el azufre ponzoñoso que les había aplicado.
Pero, ¡ay desengaño!, al día siguiente, si bien habían muerto unas cuantas ladillas, aún quedaban bastantes vivitas y coleando. Y peor todavía: tenía virtualmente todos los pendejos forrados con liendres. Como si los parásitos, al ver su existencia en peligro, hubieran resuelto reproducirse desenfrenadamente para asegurar la continuidad de la especie en aquel hábitat tibio y oscuro.
"Busco un talco antiladilla", susurré, con las orejas echando fuego, chispas y humo, a la dependiente de la farmacia de la esquina, rogándole al Señor y a los cuatro Arcángeles que nadie en la cola oyese ni entendiese mi pedido. "¿Qué cosa quiere?", gritó la mujer, maleducada. "Algo contra ladillas, un talco o algo por el estilo", repetí un poco más alto. La señora, impertinente, volvió a gritar, haciendo una mueca de incomprensión: "¿Contra qué?". Fue entonces cuando, con la paciencia gastada, pelada y quemada, vociferé, articulando cada sílaba de la oración: "Al-go con-tra la-di-llas". Una sonrisa marcó su rostro y comprendí que siempre hablaba así, gritando. La gente en la cola, que a la sazón había duplicado su largo, participaba divertida del espectáculo. "Ah, contra ladillas... No tenemos talco. Champú o ungüento, pero talco no tenemos." "Entonces déme el ungüento, por favor."
Es realmente un poderoso insecticida, el lindano. Lindano era el componente más importante del ungüento que compré en la farmacia de la esquina para exterminar a las ladillas que se habían diseminado en el velludo territorio que va desde mi ombligo hasta el escroto y aún más, hasta el ano. "Aplicar tres días consecutivos. Nunca por un período más largo", rezaban las instrucciones de uso. Y exactamente así hice. Ya de la primera unción nocturna y extrema perecieron todas ellas. ¡Ay cómo arde al untarse, cáustica, la pomada, en los güevos! (Gracias P.N. por el giro.) Quedé anonadado a la mañana siguiente cuando fui a la ducha y me quité los calzoncillos: un sinnúmero de bichitos muertos cayeron fríos y patitiesos sobre el igualmente gélido piso de azulejos negros, que ahora era negriamarillo: negra noche polar pespunteada con diminutas estrellas, cada estrella el alma de una ladilla asesinada por envenenamiento. Debe haber sido algo así como el holocausto lindánico lo que acaeció en mis partes esa noche. Mi asombro absoluto, sin embargo, no lo provocaba en primer lugar la incuestionable eficacia del preparado sino la pregunta: ¿de dónde carajo salieron tantas ladillas?
Siguiendo las instrucciones de uso de la pomada, me la estuve untando durante tres días consecutivos. El cuarto día cambié la ropa de cama, la toalla, pantalones, camisas, etc. Sólo quedaba una tarea por realizar en lo que a la batalla contra las ladillas se refería, y era librarme de las liendres inertes, aún prendidas de mis pendejos. Uno por uno hube de revisarlos, arrancando con las uñas del pulgar y el índice los huevecillos que encontraba pegados. Más de un vello fue extirpado de raíz en esta desagradable faena, pues estos bichos desgraciados utilizan un engrudo excelente.
El quinto día me entró nuevamente una gran comezón en el pubis y el escroto que me preocupó enormemente, pues el tratamiento con lindano no se podía repetir (bajo ningún concepto, según las instrucciones) hasta dentro de dos semanas. Implanté el estado de emergencia, con sirenas y todo, y, con la adrenalina a millón, que es cuando mis ojos se convierten en ojos de ágila, revisé acuciosa y prusianamente mi pendejera.
Pero nada, no se trataba de "La Guerra de las Ladillas, Segunda Parte" de George Ladillucas, sino que mi piel, que había sufrido mucho con la química insecticida, estaba despellejándose, causando aquel escozor reincidente.
Y aquí termina este cuento de horror. Si pensaban que les iba a contar cómo fue que las cogí, tengo que decepcionarlos. Abur.
Bonn, 8 de febrero de 1994


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