La operación
SENTADO, con los nervios a punto de traicionarme, los dedos de las manos tejiendo impaciencia, espero a que me llamen para la operación. Dijeron que a las nueve, que sería el segundo. Ya son las once y media y aún no han venido a buscarme.
Tras el enorme ventanal del cuarto se abren a la vista el escenario magnífico del bosque encendido por el otoño avanzado y el juego azaroso de las nubes que se tuercen y avanzan y se transforman sin descanso desde temprano en la mañana. Ayer había disfrutado desde mi cama que da al ventanal, taciturno y quizá un poco melancólico, el bello espectáculo gris y pastel que en estos momentos, mientras espero a ser llamado, siquiera alcanza a tranquilizarme.
Las doce. Por fin viene la enfermera a suministrarme el tranquilizante previo a la anestesia. Ayer me habían explicado con lujo de detalles todo el procedimiento. Por eso puedo hablar casi como un experto; sé muy bien lo que me están haciendo y lo que van a hacer conmigo. "Anestesia local, por favor". "Perfectamente, si usted lo desea. Nosotros preferimos la local. Sólo usamos la general cuando el paciente lo pide explícitamente, que es desgraciadamente la más de las veces". La doctora jefa de la estación me hizo el chequeo obligatorio previo al ingreso y hablamos de los pormenores de la intervención quirúrgica. "Claro que tengo miedo, pero ya lo sobreviviré". "Mañana a las nueve es su turno. Le deseo mucha suerte".
Ayer domingo había llegado al hospital con un hatillo de ropa interior, pijama, cepillo y pasta de dientes y algunos libros. Ah, y las chancletas, que son el emblema de todo ingresado. Y con la esperanza de que la operación mejore mi deplorable estado de salud, que la extracción del tejido enfermo deje seguir viviendo al tejido sano.
Tengo la boca seca, la lengua áspera y un sabor dulzón en la garganta. Seguro que tengo mal aliento, pero ya no tengo miedo. Ni pudor de que lo huelan (al mal aliento; el miedo no tiene olor inmediato). Estoy acostado sobre la camilla y ya me llevan hacia el quirófano. Las ruedas sobre el linóleo chillan. Me parece que exageradamente, sobre todo por la larga duración del viaje. ¿Me estarán llevando hacia otro sitio?
Estación diez. Edificio principal. Hospital Evangélico. "Prefiero una visita a un mensaje", había grabado en mi contestador automático la víspera, indicando además el nombre del hospital y el número de la estación para descartar la justificación de "no fui a verte porque no sabía donde te tenían". "Pero vengan sólo a partir del miércoles. No quiero que nadie me vea recién operado." La vanidad no conoce de miedos ni soledades...
Ahora, camino hacia el quirófano, aunque no siento miedo alguno, preferiría poder agarrar una mano caliente y conocida en vez del tubo inhumanamente frío de la camilla rodante que me soporta. Una mano caliente y conocida. Madre. Padre. Hermano. Mis tíos. Amigos. Gente de aquí y allá. Todos forman finalmente una sola persona que me tiende la mano ansiada, mano que agarro con firmeza sintiendo un gran alivio.
Las luces que me enceguecen me hacen suponer que hemos llegado. También el olor intenso a desinfectante. Y el murmullo y el metálico ajetreo aledaño. Me indican que me siente, que abra la boca. Y la abro lo más que puedo. "Qué maravilla de cavidad bucal", murmura el cirujano. "Creo que la operación va a ser más fácil que lo corriente", y comienza su rutinaria tarea al instante, sin darme tiempo a pensar en nada, ni en el miedo siquiera. En su mano derecha ase una jeringa metálica color cobre y de aspecto aterrorizante. Con la mano izquierda (enguantada como la otra y con un trozo de gaza entre el índice y el pulgar) agarra firmemente mi lengua y hala de ella. Su mano derecha se acerca peligrosamente a mi cara. Apunta hacia mi garganta con el arpón cobrizo y me lo encaja delicadamente al lado de la amígdala izquierda. En total son tres pinchazos alrededor de cada amígdala. Siento la presión de la aguja sobre la carne, que finalmente cede y la deja entrar, produciendo un chasquido similar al de papel celofán que se rasga. Estoy lo suficientemente lúcido como para sorprenderme por el hecho de haberme dejado pinchar en la garganta con una jeringa para caballos sin haber lanzado siquiera un grito de pavor. Yo, que desde que tengo memoria le he tenido pánico-terror-miedo a las inyecciones. Debe ser el tranquilizante suministrado antes de abandonar la habitación que me tiene como conejillo de indias sin voluntad, en un estado de absoluta apatía.
El efecto de la anestesia local se nota al instante. Siento al tejido en el fondo de mi boca inflarse hasta alcanzar el tamaño de una garganta de elefante primero, y de una montaña después. El cirujano, aprovechando la nueva dimensión de mi boca que le permite trabajar con mayor soltura, no pierde un segundo y comienza con la operación. Con una pinza de tres garras (se asemeja, en efecto, a la garra de un ágila de acero) que se abren al presionar un émbolo en el otro extremo con el pulgar y que se cierran vorazmente por la acción de un muelle cuando se suelta el émbolo: con esta pinza de rapiña el cirujano agarra una amígdala. Yo la siento (a la pinza, sus uñas) perfectamente. Manejando con precisión la pinza con la izquierda (que tuerce una y otra vez para descubrir el tejido que aún une a la amígdala con la garganta) y una tijera especial con la derecha (con la que va cortando las ligaduras), me extirpa una amígdala. La izqierda, para ser más exactos. Un ayudante succiona la sangre con un tubo de goma al efecto: aspirador vampirezco, Drácula de quirófano disfrutando un Cubanito fresquecito con pajilla. El cirujano suelta la tijera y pide el cauterizador. "Ahora vamos a cerrarle la herida", me dice, y yo asiento. Y pienso: qué ridículo debo verme moviendo la cabeza aquiescentemente con la boca abierta de par en par y llena de sangre. Con el susodicho aparato quema la herida en toda su superficie. Se escuchan chasquidos. Un humo blanco sale de mi boca y llega hasta mi nariz. Desagradable, el olor a carne chamusqueada. Pienso en las guerras, en la guerrra de siempre, la única guerra de la Historia, donde los soldados enviados al frente, pobres diablos manipulados, carne de cañon adolescente, no alcanzan a quitarse de arriba durante toda la campaña el hediondo y nauseabundo olor de la carne viva, conocida y acaso querida, chamusqueada; la carbonizada sangre de sus compañeros caídos, y esto si tienen la suerte de no ser ellos mismos la fuente del blanco humo pestilente y triste.
El viaje de regreso a la habitación dura horas, como si me llevaran por un pasillo sin fin. Sólamente el tramo desde la puerta de mi cuarto hasta la cama demora varios minutos u horas. De mis pestañas cuelgan inmensos pesos de plomo, edificios enteros, el globo terráqueo (o más bien dos Tierras, colgando una de cada párpado). No quiero dormirme pero caigo involuntariamente como un saco de papas, rendido en el instante mismo en que me depositan el la cama.
LA ÚLTIMA amigdalitis había sido grave. Me agarró un viernes que mi hermano estaba de visita. Había venido para pasarse el fin de semana conmigo y para conocer esta ciudad en la que yo llevaba viviendo unos pocos meses. Cuando llegó ya estaba con fiebre. Aun así salimos. Al cine. No me enteré de nada, estaba como medio adormecido con mis temblores y el dolor de garganta que era en realidad el filme en el que estaba sumido, el más allá donde no veía ni oía nada y no sentía más que el estremecimiento causado por cada trago de saliva, por cada contracción, cada movimiento de la lengua. Empeoré hacia el sábado, y el domingo quería morirme. No podía comer, la fiebre no me bajaba, sin fuerzas estaba, como un gorrión exangüe, acostado con cinco capas de ropa, tapado con tres mantas, con bufanda y guantes, pasando más frío que un cubano en Alaska. El fatal de mi hermano en vez de pasar un fin de semana divertido tuvo que hacer de enfermero para atender (lo único que lograba era tranquilizar) al pobre diablo de su hermano moribundo.
El lunes fui al médico. Estaba tan débil que no sabía cómo sentarme en la silla del salón de espera para no caerme. La doctora se dió un buen susto al descubrir tejido necrótico sobre las amígdalas infladas. Me preguntó si había estado recientemente en algún país del este de Europa. “Sí, en San Petersburgo hace un mes”, le respondí. “Madre de Dios, ¡pudiera ser una difteria!”, dijo aterrada apartándose de mi y remitiendome de inmediato a la clínica de la universidad. En la clínica me tiré en una camilla que había en un rincón y me quedé dormido mientras esperaba a que me atendieran. Por suerte no era difteria: “No habría tenido ningún chance de sobrevivir si hubiese sido difteria y se la atiende en un estadio tan avanzado”. Amigdalitis. Otra más. “La última!”, juré decididamente.
CUANDO DESPERTÉ de la operación fue que vine a darme cuenta que me habían puesto unas medias especiales para evitar una trombosis post-operatoria. Primera vez en mi vida que veía mis piernas blancas como la nieve, sin vellos, lisas y brillantes merced del material sintético del que estaban hechas las medias (los panti, diría mi hermana). Sonreí por la divertida visión de mi hermanita burlándose y no había completado el gesto ascendente cuando un reflejo ancestral, más antiguo que la raza humana, agarró mi rictus para bajarlo en 90 grados: habia tragado saliva, y con el efecto de la anestesia local desvanecido, sentí un dolor insoportable en la garganta que llegó hasta el centro mismo del espinazo. Fue un dolor que recogió mis testículos para depositarlos en el centro del vientre. Fue un dolor que se repetiría los próximos días -- me la pasaba tragando saliva constantemente, cada segundo, ininterrumpidamente: ¡más que un reflejo incondicionado, es un vicio! O sea que no salía de un terremoto para entrar en otro. Es el precio que hube de pagar por no sufrir nunca más una enfermedad que a la larga debilita el corazón, en todos los sentidos de la frase.
Pero hasta el dolor termina siendo una costumbre. Hoy han venido mis primeros visitantes, y me trajeron un libro que voy a leer más tarde, pues tiempo para leer es lo que me sobra en estos días de hospitalización. Me hicieron reír, y la risa fue más poderosa que el dolor, lo cual es un síntoma inequívoco de mejoría.
Con el dolor domesticado y la risa recuperada vuelvo a disfrutar del escenario panorámico del ventanal que da al bosque. No tengo que sentarme: acostado la vista es mía. Veo hojas amarillas y rojas caer y amontonarse y formar remolinos de fuego. Los árboles me muestran su desnudez sin pudor, con las cortezas erizadas por el viento helado de finales de otoño. Las nubes pasan ligeras y ágiles manchando el cielo azul pálido. Todo eso me pertenece. Y el sol, que más parece una luna débil, también. Y los pájaros y la yerba y la tierra. Y las dos gruesas lágrimas que cierran el espectáculo.
(c) Julian
Bonn, octubre 1994; junio 1998
Tras el enorme ventanal del cuarto se abren a la vista el escenario magnífico del bosque encendido por el otoño avanzado y el juego azaroso de las nubes que se tuercen y avanzan y se transforman sin descanso desde temprano en la mañana. Ayer había disfrutado desde mi cama que da al ventanal, taciturno y quizá un poco melancólico, el bello espectáculo gris y pastel que en estos momentos, mientras espero a ser llamado, siquiera alcanza a tranquilizarme.
Las doce. Por fin viene la enfermera a suministrarme el tranquilizante previo a la anestesia. Ayer me habían explicado con lujo de detalles todo el procedimiento. Por eso puedo hablar casi como un experto; sé muy bien lo que me están haciendo y lo que van a hacer conmigo. "Anestesia local, por favor". "Perfectamente, si usted lo desea. Nosotros preferimos la local. Sólo usamos la general cuando el paciente lo pide explícitamente, que es desgraciadamente la más de las veces". La doctora jefa de la estación me hizo el chequeo obligatorio previo al ingreso y hablamos de los pormenores de la intervención quirúrgica. "Claro que tengo miedo, pero ya lo sobreviviré". "Mañana a las nueve es su turno. Le deseo mucha suerte".
Ayer domingo había llegado al hospital con un hatillo de ropa interior, pijama, cepillo y pasta de dientes y algunos libros. Ah, y las chancletas, que son el emblema de todo ingresado. Y con la esperanza de que la operación mejore mi deplorable estado de salud, que la extracción del tejido enfermo deje seguir viviendo al tejido sano.
Tengo la boca seca, la lengua áspera y un sabor dulzón en la garganta. Seguro que tengo mal aliento, pero ya no tengo miedo. Ni pudor de que lo huelan (al mal aliento; el miedo no tiene olor inmediato). Estoy acostado sobre la camilla y ya me llevan hacia el quirófano. Las ruedas sobre el linóleo chillan. Me parece que exageradamente, sobre todo por la larga duración del viaje. ¿Me estarán llevando hacia otro sitio?
Estación diez. Edificio principal. Hospital Evangélico. "Prefiero una visita a un mensaje", había grabado en mi contestador automático la víspera, indicando además el nombre del hospital y el número de la estación para descartar la justificación de "no fui a verte porque no sabía donde te tenían". "Pero vengan sólo a partir del miércoles. No quiero que nadie me vea recién operado." La vanidad no conoce de miedos ni soledades...
Ahora, camino hacia el quirófano, aunque no siento miedo alguno, preferiría poder agarrar una mano caliente y conocida en vez del tubo inhumanamente frío de la camilla rodante que me soporta. Una mano caliente y conocida. Madre. Padre. Hermano. Mis tíos. Amigos. Gente de aquí y allá. Todos forman finalmente una sola persona que me tiende la mano ansiada, mano que agarro con firmeza sintiendo un gran alivio.
Las luces que me enceguecen me hacen suponer que hemos llegado. También el olor intenso a desinfectante. Y el murmullo y el metálico ajetreo aledaño. Me indican que me siente, que abra la boca. Y la abro lo más que puedo. "Qué maravilla de cavidad bucal", murmura el cirujano. "Creo que la operación va a ser más fácil que lo corriente", y comienza su rutinaria tarea al instante, sin darme tiempo a pensar en nada, ni en el miedo siquiera. En su mano derecha ase una jeringa metálica color cobre y de aspecto aterrorizante. Con la mano izquierda (enguantada como la otra y con un trozo de gaza entre el índice y el pulgar) agarra firmemente mi lengua y hala de ella. Su mano derecha se acerca peligrosamente a mi cara. Apunta hacia mi garganta con el arpón cobrizo y me lo encaja delicadamente al lado de la amígdala izquierda. En total son tres pinchazos alrededor de cada amígdala. Siento la presión de la aguja sobre la carne, que finalmente cede y la deja entrar, produciendo un chasquido similar al de papel celofán que se rasga. Estoy lo suficientemente lúcido como para sorprenderme por el hecho de haberme dejado pinchar en la garganta con una jeringa para caballos sin haber lanzado siquiera un grito de pavor. Yo, que desde que tengo memoria le he tenido pánico-terror-miedo a las inyecciones. Debe ser el tranquilizante suministrado antes de abandonar la habitación que me tiene como conejillo de indias sin voluntad, en un estado de absoluta apatía.
El efecto de la anestesia local se nota al instante. Siento al tejido en el fondo de mi boca inflarse hasta alcanzar el tamaño de una garganta de elefante primero, y de una montaña después. El cirujano, aprovechando la nueva dimensión de mi boca que le permite trabajar con mayor soltura, no pierde un segundo y comienza con la operación. Con una pinza de tres garras (se asemeja, en efecto, a la garra de un ágila de acero) que se abren al presionar un émbolo en el otro extremo con el pulgar y que se cierran vorazmente por la acción de un muelle cuando se suelta el émbolo: con esta pinza de rapiña el cirujano agarra una amígdala. Yo la siento (a la pinza, sus uñas) perfectamente. Manejando con precisión la pinza con la izquierda (que tuerce una y otra vez para descubrir el tejido que aún une a la amígdala con la garganta) y una tijera especial con la derecha (con la que va cortando las ligaduras), me extirpa una amígdala. La izqierda, para ser más exactos. Un ayudante succiona la sangre con un tubo de goma al efecto: aspirador vampirezco, Drácula de quirófano disfrutando un Cubanito fresquecito con pajilla. El cirujano suelta la tijera y pide el cauterizador. "Ahora vamos a cerrarle la herida", me dice, y yo asiento. Y pienso: qué ridículo debo verme moviendo la cabeza aquiescentemente con la boca abierta de par en par y llena de sangre. Con el susodicho aparato quema la herida en toda su superficie. Se escuchan chasquidos. Un humo blanco sale de mi boca y llega hasta mi nariz. Desagradable, el olor a carne chamusqueada. Pienso en las guerras, en la guerrra de siempre, la única guerra de la Historia, donde los soldados enviados al frente, pobres diablos manipulados, carne de cañon adolescente, no alcanzan a quitarse de arriba durante toda la campaña el hediondo y nauseabundo olor de la carne viva, conocida y acaso querida, chamusqueada; la carbonizada sangre de sus compañeros caídos, y esto si tienen la suerte de no ser ellos mismos la fuente del blanco humo pestilente y triste.
El viaje de regreso a la habitación dura horas, como si me llevaran por un pasillo sin fin. Sólamente el tramo desde la puerta de mi cuarto hasta la cama demora varios minutos u horas. De mis pestañas cuelgan inmensos pesos de plomo, edificios enteros, el globo terráqueo (o más bien dos Tierras, colgando una de cada párpado). No quiero dormirme pero caigo involuntariamente como un saco de papas, rendido en el instante mismo en que me depositan el la cama.
LA ÚLTIMA amigdalitis había sido grave. Me agarró un viernes que mi hermano estaba de visita. Había venido para pasarse el fin de semana conmigo y para conocer esta ciudad en la que yo llevaba viviendo unos pocos meses. Cuando llegó ya estaba con fiebre. Aun así salimos. Al cine. No me enteré de nada, estaba como medio adormecido con mis temblores y el dolor de garganta que era en realidad el filme en el que estaba sumido, el más allá donde no veía ni oía nada y no sentía más que el estremecimiento causado por cada trago de saliva, por cada contracción, cada movimiento de la lengua. Empeoré hacia el sábado, y el domingo quería morirme. No podía comer, la fiebre no me bajaba, sin fuerzas estaba, como un gorrión exangüe, acostado con cinco capas de ropa, tapado con tres mantas, con bufanda y guantes, pasando más frío que un cubano en Alaska. El fatal de mi hermano en vez de pasar un fin de semana divertido tuvo que hacer de enfermero para atender (lo único que lograba era tranquilizar) al pobre diablo de su hermano moribundo.
El lunes fui al médico. Estaba tan débil que no sabía cómo sentarme en la silla del salón de espera para no caerme. La doctora se dió un buen susto al descubrir tejido necrótico sobre las amígdalas infladas. Me preguntó si había estado recientemente en algún país del este de Europa. “Sí, en San Petersburgo hace un mes”, le respondí. “Madre de Dios, ¡pudiera ser una difteria!”, dijo aterrada apartándose de mi y remitiendome de inmediato a la clínica de la universidad. En la clínica me tiré en una camilla que había en un rincón y me quedé dormido mientras esperaba a que me atendieran. Por suerte no era difteria: “No habría tenido ningún chance de sobrevivir si hubiese sido difteria y se la atiende en un estadio tan avanzado”. Amigdalitis. Otra más. “La última!”, juré decididamente.
CUANDO DESPERTÉ de la operación fue que vine a darme cuenta que me habían puesto unas medias especiales para evitar una trombosis post-operatoria. Primera vez en mi vida que veía mis piernas blancas como la nieve, sin vellos, lisas y brillantes merced del material sintético del que estaban hechas las medias (los panti, diría mi hermana). Sonreí por la divertida visión de mi hermanita burlándose y no había completado el gesto ascendente cuando un reflejo ancestral, más antiguo que la raza humana, agarró mi rictus para bajarlo en 90 grados: habia tragado saliva, y con el efecto de la anestesia local desvanecido, sentí un dolor insoportable en la garganta que llegó hasta el centro mismo del espinazo. Fue un dolor que recogió mis testículos para depositarlos en el centro del vientre. Fue un dolor que se repetiría los próximos días -- me la pasaba tragando saliva constantemente, cada segundo, ininterrumpidamente: ¡más que un reflejo incondicionado, es un vicio! O sea que no salía de un terremoto para entrar en otro. Es el precio que hube de pagar por no sufrir nunca más una enfermedad que a la larga debilita el corazón, en todos los sentidos de la frase.
Pero hasta el dolor termina siendo una costumbre. Hoy han venido mis primeros visitantes, y me trajeron un libro que voy a leer más tarde, pues tiempo para leer es lo que me sobra en estos días de hospitalización. Me hicieron reír, y la risa fue más poderosa que el dolor, lo cual es un síntoma inequívoco de mejoría.
Con el dolor domesticado y la risa recuperada vuelvo a disfrutar del escenario panorámico del ventanal que da al bosque. No tengo que sentarme: acostado la vista es mía. Veo hojas amarillas y rojas caer y amontonarse y formar remolinos de fuego. Los árboles me muestran su desnudez sin pudor, con las cortezas erizadas por el viento helado de finales de otoño. Las nubes pasan ligeras y ágiles manchando el cielo azul pálido. Todo eso me pertenece. Y el sol, que más parece una luna débil, también. Y los pájaros y la yerba y la tierra. Y las dos gruesas lágrimas que cierran el espectáculo.
(c) Julian
Bonn, octubre 1994; junio 1998


2 Comments:
Te descurí hoy, más de un año después. ¿Por qué has dejado de escribir en el blog? Me has gustado mucho.
Que lástima que hayas dejado de escribir, lo que leí acá me gustó mucho.
Un abrazo
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