Friday, March 11, 2005

La pájara mártir - sueño de una noche de verano

Para Alexis, que entregó las cartas.

Querido Alexis:

Anoche tuve un sueño extraño que te cuento aquí.

Soñé que me había obsesionado con matar a Fidel aún a sabiendas de que sería imposible salir con vida de tal empresa. Quizá tenia cáncer terminal, o SIDA en su último estado... no sé. El caso es que estaba decidido a morir para liberar a Cuba de su pesadilla.

Para ello empecé a intensificar mis contactos con la embajada cubana aquí en Berlín y logré en poco tiempo ser activista destacado del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP). Estaba convencido que la única forma de tener éxito era haciéndolo todo solo, sin cómplices ni ayudantes ni informantes de ningún tipo (por aquello de que donde hay tres cubanos conspirando, dos son chivatos de la Seguridad del Estado).

Viajaba a Cuba con frecuencia y participaba en cuanta actividad de "solidaridad con el pueblo de Cuba" organizara el ICAP con militantes alemanes. Tanto me destaqué, que en mi próximo viaje a Cuba me invitaron a estar en la tribuna de la Plaza de la Revolución durante un discurso del Comandante en Jefe.

Hacía un calor terrible, debía ser verano, probablemente un 26 de julio. Y Fidel llevaba ya horas hablando. Mi asiento estaba cuatro filas detrás y casi en una línea con la plataforma desde la cual el Comandante hablaba sin parar.

Al lado mío estaba sentado un dinosaurio histórico de la Revolución de uniforme verde olivo y con su revolver de 50 años a la cintura. Aprovechando un pestañazo profundo de mi vecino, le arrebaté el revolver, me paré y descargué todas las balas en dirección al tirano. Los guardaespaldas, reaccionando con medio segundo de retraso por la sorpresa (y quizá el agobio de la muela y el calor), me tiraron con AK hasta dejarme irreconocible. En el sueño, aunque estaba, más que muerto, hecho picadillo, seguía viendo los sucesos como desde muy arriba.

Fidel murió a los pocos minutos. Por lo menos dos balas mías hicieron blanco, una de ellas en la cabeza, y se veía una espesa masa gris y sangre saliéndole por el occipital izquierdo. Te imaginarás el salpafuera que se armó: los extranjeros de la tribuna huyendo despavoridos. Los acólitos del dictador llorando histéricos. La masa congregada gritando consignas revolucionarias y antiamericanas allá abajo. Y la CNN dándose banquete. Lograron filmar todo el show: cuando yo me levanté y comencé a disparar; Fidel cayéndose tras el impacto de los proyectiles; la masacre de los guardaespaldas... Con estas imágenes espectaculares (que lograron transmitir por satélite en vivo, salvando la censura posterior) tuvieron durante casi dos días una subida de 25% de la teleaudiencia. Repetían una y otra vez las imágenes, para regocijo de unos y dolor extremo de otros a lo largo y ancho del mundo.

La víspera de éste mi último viaje a Cuba te había enviado un sobre sellado con la instrucción de abrirlo en caso de que me pasara algo, y de enviar los sobres pequeños que contenía a sus destinatarios. Tú me reconociste en las imágenes de televisión y cumpliste mi pedido. Las cartas iban dirigidas a los periódicos más importantes del mundo libre, desde El País pasando por el Frankfurter Allgemeine, el Libèration hasta el Washington Post, con mi propio epitafio. Mi mensaje decía que yo, el patriota que tuvo cojones de entregar su vida en aras de ajusticiar al tirano, era maricón, enfermo a las pingas, ávido de hombres jóvenes y duros. Que el mejor tributo a mi memoria en una nueva Cuba sería el respeto y la tolerancia verdaderos hacia todas las formas de otredad, incluyendo la homosexualidad. Todos los periódicos publicaron mi escrito y la historia del maricón que le pasó cuchilla a Castro pasó a la Historia.

El sueño terminó con Calixto, mi primo en EEUU, retorciéndose en su sillón en Miami, deseando que Fidel Castro siguiese vivo con tal de no tener que agradecerle a un maricón el fin de la dictadura....

Y colorín colorado, este sueño patriótico y gay-militante ha terminado.

Septiembre 2000
(c) Julian de Colonia

El jinetero (prostituto)

Su imagen es un caleidoscopio:
hatillo de luz a cada mirada diferente.
A veces brillante y coherente,
a veces como reflejo de espejo roto.

La eventual tristeza de su sombra
ni es nueva ni condicionada por el uso
sino es la de todos, la de a toda hora
sin más cara que la que siempre puso.

Porque no es otro: es el mismo,
el de hace tantos años, un poco menos
tímido, un poco más sin tantos frenos.
En lo absoluto cambió su trino.

¿Se vende? No: se alquila.
Disfrazado con su piel dura y tranquila,
una hora, dos, tres, te secuestra
a su isla que se llama Olvido.

Su servicio es un viaje en el tiempo.
Te da placer de su propio seno
que multiplica para dejarte lleno
de nueva fe por tu cuerpo aún vivo.

Amigo es sólo a veces, mas siempre dispuesto
a recibir una cascada de pesadumbre
del extraño que en su lecho se abre
para no resaltar en la muchedumbre.

Le perturban la cruz ni la luna nueva,
se guía sólo por la inmensa estrella
que en su frente brilla desde el primer día
y que lo acompañará hasta que se muera.

Lo demás: es un buen chico
como tú, como yo, como el más malo.
Le gusta cantar en la bañera
y disfruta el arcoiris de la vida.

Bonn
25 de junio de 1997
(c) Julian de Colonia

Muchachito en la calle solitaria

Muchachito en la calle solitaria
cambiaste mi rumbo para darme el tuyo
iniciando el diálogo sin palabras,
diálogo de miradas y gestos sabidos.

Tu destino que también era el mío
tenía color de olvido y rincón oscuro,
negras malezas y telarañas de ruinas,
bajo los infinitos ojos de la noche curiosa.

Allí palpamos nuestro mortal desasosiego.
Las manos: heladas e inseguras las tuyas,
las mías ardiendo con avidez aprendida.

Temblabas como hoja última de otoño
al feroz latigazo de instintos y miedos,
demasiado pronto para ser arrancada
por tu otredad latente llena de preguntas
que no se atrevieron a hacer tus labios fríos,
fríos como una lápida, como una lápida duros,
tan duros como tu miembro apretado contra el mío.

Tu febril ansiedad no brincó el muro
formando un caudaloso río de reflejos nocturnos
con remolinos quebrados de yerba pisoteada
y rebeldes olas de pasión retenidas
deseosas de explotar en la próxima crecida
con la luna, único testigo.

Tornándote vacío de calle desierta
te fuiste corriendo de mi lado
con una lágrima de confusión en el bolsillo:
fantasma macilento, gota de sombra,
que empañó los nuevos deseos de tu cuerpo cautivo.

Halle, 21 de mayo 1995
Bonn, Julio 1997
(c) Julian de Colonia

a cuba en buque mercante

sólo una vez en mi vida hice un viaje transatlántico en buque. fue cuando terminé, en agosto de 1989, la carrera en la ex-RDA. me había empecinado en querer hacer el viaje de regreso a cuba en barco. en la embajada cubana en berlín me dijeron que era imposible cambiar el billete de avión por un pasaje en buque...

nada, llamé a la habana, a mi padre, que trabajaba cuando aquello en la marina mercante: "papi, dime qué barcos cubanos están los próximos días en el báltico". me dió los datos de uno que estaba en sczeczin/polonia y que era capitaneado por un amigo suyo. llamé al capitán. "claro que te llevamos a cuba. ven antes del viernes, que zarpamos"...

el miércoles empaqué toda la pacotilla y mis cosas y me fui a sczeczin en tren. me monté en el barco sin pasar control alguno (era 1989 y los polacos ya estaban del lado de acá), me asignaron un camarote, y dos días después nos hicimos a la mar.

cuando me instalé a bordo faltaban dos días para levar anclas. el televisor en el salón de tripulantes mostraba constantemente los canales de la RFA que se cogían perfectamente. los tripulantes, insulares de la información, no entendían las extrañas escenas: miles de alemanes del este brincando los muros de las embajadas de la RFA en varsovia y praga, huyendo por la frontera de hungría hacia austria... los tripulantes curiosos y por no conocer el idioma, preguntándome qué estaba pasando.

les expliqué con beneplácito poco encubierto que el comunismo se estaba derrumbando. momentos después de terminar mi discurso en el salón, y estando ya a solas, se me acercó el jefe de máquina, un tipo de unos cuarenta y cinco años, rubio, ojos claros y una barba tupida, y me dice muy bajito que muy interesante lo que conté, pero que tuviera cuidado con lo que decía, cómo lo decía y a quién se lo decía, porque de este viaje resultaría por lo menos un informe de la seguridad del estado sobre mi persona. no hice ningún comentario político más en todo el viaje.

el buque era un "bahía", de fabricación española... ya el primer día me entró vergüenza por no hacer nada mientras casi toda la tripulación trabajaba como locos, y fui a ver al capitán para plantearle que no me importaba si me ponía a trabajar en la cocina. pero éste me respondió que NO, que si trabajaba para uno de los equipos de la cocina entonces los otros equipos se verían en desventaja, poniendo en peligro el equilibrio y la frágil paz de a bordo. estuve, entonces, las cuatro semanas sin mover un dedo.

decía "casi toda la tripulación trabajaba como locos", porque hay tres personajes que tienen mejor vida en un buque mercante cubano: el telegrafista, el enfermero, y ese engendro llamado el político. y el político a bordo de este barco era un asco. bueno, probablemente ésa era su misión: ser un asco.

hicimos escala en kiel (un dia) y amsterdam (cuatro días). los holandeses me pusieron un cuño en el pasaporte que me permitió bajar a tierra cuando quisiese. tenía un dinerito occidental ahorrado que alcanzó exactamente para comprar los tickets del tren urbano del puerto a la ciudad ida y vuelta para esos cuatro días... amsterdam fue la primera metrópoli capitalista que conocí. la caminé exhaustivamente cuatro días: de nueve de la mañana hasta las ocho de la noche que tenía que estar de vuelta a bordo. me encantó. aún hoy sigue siendo una de mis ciudades preferidas en europa. y me la sé de memoria, gracias a aquellos días dando zapato con el estómago vacío. me encantaron sus olores, los miles de restaurantes, la gente de todos los continentes e indumentarias, las tiendas, los colores de las casas, los sex-shops, los flea-markets donde encuentra uno de todo lo pensable y lo impensable... se me hacía que hasta los céspedes eran más verdes que en la RDA.

ya ven, nunca se sabe dónde esá el gusanillo del "diversionismo ideológico" al acecho... recuerdo que pensé lo fácil que sería quedarme y no regresar al buque. pero no tenía ninguna intención de hacerlo. quería regresar a cuba, a mi gente.

estuvimos más de tres semanas en altamar, atravesando el atlántico.

pasar el canal de la mancha fue tal y como me lo imaginaba de libros y películas: un episodio tormentoso: mar picado, viento implacable, lluvia. terminantemente prohibido salir a cubierta. incluso a los más experimentados marineros se les veía verdes por la náusea. al dia siguiente, finalmente, entramos en el océano.

pasaba los días sentado en la proa con las piernas colgando por el enorme agujero para el cabo del ancla, una posición harto peligrosa ya que con una sacudida del barco me podía ir por el agujero y nadie se enteraba -- mucho menos porque la cubierta estaba repleta de contenedores y nadie podía verme desde el puente. sentado así el barco quedaba a mis espaldas. tenía el infinito delante de mis ojos: el mar y el cielo que eran una sola extensión azul. y yo maravillado, disfrutando cada minuto de íntima comunión con el espacio.

también pasaba mis ratos en el puente de mando. tenía libre acceso a él, y me iba a calcular las millas recorridas, a jugar con el radar, a entretenerme contando historias con el oficial y el timonel de turno.

la noche en altamar es un espectáculo inefable. lejos de cualquier foco de contaminación lumínica pude por vez primera en mi vida conocer la plenitud dela noche.

las estrellas. se ven miles y miles de veces más estrellas que en la ciudad. la vía láctea es una franja clarísima que parte el cielo. tanto es el resplandor de las estrellas, que casi se puede leer a su luz, aun sin luna.

y la luna. cuando sale la luna en altamar es como si saliera otro sol. tanta es su fuerza. su luz lo tiñe todo de plata: los contornos del barco, las olas que la reflejan y quiebran infinitamente, y hasta el cielo adquiere un resplandor de azogue.

me tiraba en la popa sobre un mesón boca arriba y así me quedaba horas mirando el cielo y sus astros, sin más acompañamiento acústico que el runrún del motor del barco, el viento y las olas rompiendo contra el casco. hasta que el frío o el sueño me hacían regresar al camarote.

cuando nos adentramos en el caribe el mar tornóse turquesa. era como navegar en una inmensa piscina. en estas aguas tibias y claras nos acompañaban los peces voladores y los delfines, que le hacían competencia al buque. en los dos días que tardó la travesía antillana mi piel despintada por la oscuridad y el frío europeos recuperó sus colores.

llegué estreñido, pero fresco como un lechuga, al puerto del mariel, donde me estaban esperando mis padres. han pasado muchos años de aquel viaje increíble y todavía hoy lo recuerdo con especial nolstalgia.

7 febrero 1999
(11 marzo 2005, reeditado)
(c) Julian de Colonia

Despertar

Cae una gota
en mi ventana.
Cayó del cielo.
Es de mañana...

Es de mañana
mi fiel bostezo
que vibra un rato:
cansado rezo.

El gris del cielo
el aire pinta
y un ave lejos
de frío canta.

Transcurre el tiempo
pesado y lento
y me acurruco
mirando el viento.

Por la ventana,
tiznada y rota,
se desliza aún,
brilla, mi gota.

2 de marzo de 1995
(c) Julian de Colonia