Friday, April 01, 2005

La operación

SENTADO, con los nervios a punto de traicionarme, los dedos de las manos tejiendo impaciencia, espero a que me llamen para la operación. Dijeron que a las nueve, que sería el segundo. Ya son las once y media y aún no han venido a buscarme.

Tras el enorme ventanal del cuarto se abren a la vista el escenario magnífico del bosque encendido por el otoño avanzado y el juego azaroso de las nubes que se tuercen y avanzan y se transforman sin descanso desde temprano en la mañana. Ayer había disfrutado desde mi cama que da al ventanal, taciturno y quizá un poco melancólico, el bello espectáculo gris y pastel que en estos momentos, mientras espero a ser llamado, siquiera alcanza a tranquilizarme.

Las doce. Por fin viene la enfermera a suministrarme el tranquilizante previo a la anestesia. Ayer me habían explicado con lujo de detalles todo el procedimiento. Por eso puedo hablar casi como un experto; sé muy bien lo que me están haciendo y lo que van a hacer conmigo. "Anestesia local, por favor". "Perfectamente, si usted lo desea. Nosotros preferimos la local. Sólo usamos la general cuando el paciente lo pide explícitamente, que es desgraciadamente la más de las veces". La doctora jefa de la estación me hizo el chequeo obligatorio previo al ingreso y hablamos de los pormenores de la intervención quirúrgica. "Claro que tengo miedo, pero ya lo sobreviviré". "Mañana a las nueve es su turno. Le deseo mucha suerte".

Ayer domingo había llegado al hospital con un hatillo de ropa interior, pijama, cepillo y pasta de dientes y algunos libros. Ah, y las chancletas, que son el emblema de todo ingresado. Y con la esperanza de que la operación mejore mi deplorable estado de salud, que la extracción del tejido enfermo deje seguir viviendo al tejido sano.

Tengo la boca seca, la lengua áspera y un sabor dulzón en la garganta. Seguro que tengo mal aliento, pero ya no tengo miedo. Ni pudor de que lo huelan (al mal aliento; el miedo no tiene olor inmediato). Estoy acostado sobre la camilla y ya me llevan hacia el quirófano. Las ruedas sobre el linóleo chillan. Me parece que exageradamente, sobre todo por la larga duración del viaje. ¿Me estarán llevando hacia otro sitio?

Estación diez. Edificio principal. Hospital Evangélico. "Prefiero una visita a un mensaje", había grabado en mi contestador automático la víspera, indicando además el nombre del hospital y el número de la estación para descartar la justificación de "no fui a verte porque no sabía donde te tenían". "Pero vengan sólo a partir del miércoles. No quiero que nadie me vea recién operado." La vanidad no conoce de miedos ni soledades...

Ahora, camino hacia el quirófano, aunque no siento miedo alguno, preferiría poder agarrar una mano caliente y conocida en vez del tubo inhumanamente frío de la camilla rodante que me soporta. Una mano caliente y conocida. Madre. Padre. Hermano. Mis tíos. Amigos. Gente de aquí y allá. Todos forman finalmente una sola persona que me tiende la mano ansiada, mano que agarro con firmeza sintiendo un gran alivio.

Las luces que me enceguecen me hacen suponer que hemos llegado. También el olor intenso a desinfectante. Y el murmullo y el metálico ajetreo aledaño. Me indican que me siente, que abra la boca. Y la abro lo más que puedo. "Qué maravilla de cavidad bucal", murmura el cirujano. "Creo que la operación va a ser más fácil que lo corriente", y comienza su rutinaria tarea al instante, sin darme tiempo a pensar en nada, ni en el miedo siquiera. En su mano derecha ase una jeringa metálica color cobre y de aspecto aterrorizante. Con la mano izquierda (enguantada como la otra y con un trozo de gaza entre el índice y el pulgar) agarra firmemente mi lengua y hala de ella. Su mano derecha se acerca peligrosamente a mi cara. Apunta hacia mi garganta con el arpón cobrizo y me lo encaja delicadamente al lado de la amígdala izquierda. En total son tres pinchazos alrededor de cada amígdala. Siento la presión de la aguja sobre la carne, que finalmente cede y la deja entrar, produciendo un chasquido similar al de papel celofán que se rasga. Estoy lo suficientemente lúcido como para sorprenderme por el hecho de haberme dejado pinchar en la garganta con una jeringa para caballos sin haber lanzado siquiera un grito de pavor. Yo, que desde que tengo memoria le he tenido pánico-terror-miedo a las inyecciones. Debe ser el tranquilizante suministrado antes de abandonar la habitación que me tiene como conejillo de indias sin voluntad, en un estado de absoluta apatía.

El efecto de la anestesia local se nota al instante. Siento al tejido en el fondo de mi boca inflarse hasta alcanzar el tamaño de una garganta de elefante primero, y de una montaña después. El cirujano, aprovechando la nueva dimensión de mi boca que le permite trabajar con mayor soltura, no pierde un segundo y comienza con la operación. Con una pinza de tres garras (se asemeja, en efecto, a la garra de un ágila de acero) que se abren al presionar un émbolo en el otro extremo con el pulgar y que se cierran vorazmente por la acción de un muelle cuando se suelta el émbolo: con esta pinza de rapiña el cirujano agarra una amígdala. Yo la siento (a la pinza, sus uñas) perfectamente. Manejando con precisión la pinza con la izquierda (que tuerce una y otra vez para descubrir el tejido que aún une a la amígdala con la garganta) y una tijera especial con la derecha (con la que va cortando las ligaduras), me extirpa una amígdala. La izqierda, para ser más exactos. Un ayudante succiona la sangre con un tubo de goma al efecto: aspirador vampirezco, Drácula de quirófano disfrutando un Cubanito fresquecito con pajilla. El cirujano suelta la tijera y pide el cauterizador. "Ahora vamos a cerrarle la herida", me dice, y yo asiento. Y pienso: qué ridículo debo verme moviendo la cabeza aquiescentemente con la boca abierta de par en par y llena de sangre. Con el susodicho aparato quema la herida en toda su superficie. Se escuchan chasquidos. Un humo blanco sale de mi boca y llega hasta mi nariz. Desagradable, el olor a carne chamusqueada. Pienso en las guerras, en la guerrra de siempre, la única guerra de la Historia, donde los soldados enviados al frente, pobres diablos manipulados, carne de cañon adolescente, no alcanzan a quitarse de arriba durante toda la campaña el hediondo y nauseabundo olor de la carne viva, conocida y acaso querida, chamusqueada; la carbonizada sangre de sus compañeros caídos, y esto si tienen la suerte de no ser ellos mismos la fuente del blanco humo pestilente y triste.

El viaje de regreso a la habitación dura horas, como si me llevaran por un pasillo sin fin. Sólamente el tramo desde la puerta de mi cuarto hasta la cama demora varios minutos u horas. De mis pestañas cuelgan inmensos pesos de plomo, edificios enteros, el globo terráqueo (o más bien dos Tierras, colgando una de cada párpado). No quiero dormirme pero caigo involuntariamente como un saco de papas, rendido en el instante mismo en que me depositan el la cama.


LA ÚLTIMA amigdalitis había sido grave. Me agarró un viernes que mi hermano estaba de visita. Había venido para pasarse el fin de semana conmigo y para conocer esta ciudad en la que yo llevaba viviendo unos pocos meses. Cuando llegó ya estaba con fiebre. Aun así salimos. Al cine. No me enteré de nada, estaba como medio adormecido con mis temblores y el dolor de garganta que era en realidad el filme en el que estaba sumido, el más allá donde no veía ni oía nada y no sentía más que el estremecimiento causado por cada trago de saliva, por cada contracción, cada movimiento de la lengua. Empeoré hacia el sábado, y el domingo quería morirme. No podía comer, la fiebre no me bajaba, sin fuerzas estaba, como un gorrión exangüe, acostado con cinco capas de ropa, tapado con tres mantas, con bufanda y guantes, pasando más frío que un cubano en Alaska. El fatal de mi hermano en vez de pasar un fin de semana divertido tuvo que hacer de enfermero para atender (lo único que lograba era tranquilizar) al pobre diablo de su hermano moribundo.

El lunes fui al médico. Estaba tan débil que no sabía cómo sentarme en la silla del salón de espera para no caerme. La doctora se dió un buen susto al descubrir tejido necrótico sobre las amígdalas infladas. Me preguntó si había estado recientemente en algún país del este de Europa. “Sí, en San Petersburgo hace un mes”, le respondí. “Madre de Dios, ¡pudiera ser una difteria!”, dijo aterrada apartándose de mi y remitiendome de inmediato a la clínica de la universidad. En la clínica me tiré en una camilla que había en un rincón y me quedé dormido mientras esperaba a que me atendieran. Por suerte no era difteria: “No habría tenido ningún chance de sobrevivir si hubiese sido difteria y se la atiende en un estadio tan avanzado”. Amigdalitis. Otra más. “La última!”, juré decididamente.


CUANDO DESPERTÉ de la operación fue que vine a darme cuenta que me habían puesto unas medias especiales para evitar una trombosis post-operatoria. Primera vez en mi vida que veía mis piernas blancas como la nieve, sin vellos, lisas y brillantes merced del material sintético del que estaban hechas las medias (los panti, diría mi hermana). Sonreí por la divertida visión de mi hermanita burlándose y no había completado el gesto ascendente cuando un reflejo ancestral, más antiguo que la raza humana, agarró mi rictus para bajarlo en 90 grados: habia tragado saliva, y con el efecto de la anestesia local desvanecido, sentí un dolor insoportable en la garganta que llegó hasta el centro mismo del espinazo. Fue un dolor que recogió mis testículos para depositarlos en el centro del vientre. Fue un dolor que se repetiría los próximos días -- me la pasaba tragando saliva constantemente, cada segundo, ininterrumpidamente: ¡más que un reflejo incondicionado, es un vicio! O sea que no salía de un terremoto para entrar en otro. Es el precio que hube de pagar por no sufrir nunca más una enfermedad que a la larga debilita el corazón, en todos los sentidos de la frase.

Pero hasta el dolor termina siendo una costumbre. Hoy han venido mis primeros visitantes, y me trajeron un libro que voy a leer más tarde, pues tiempo para leer es lo que me sobra en estos días de hospitalización. Me hicieron reír, y la risa fue más poderosa que el dolor, lo cual es un síntoma inequívoco de mejoría.

Con el dolor domesticado y la risa recuperada vuelvo a disfrutar del escenario panorámico del ventanal que da al bosque. No tengo que sentarme: acostado la vista es mía. Veo hojas amarillas y rojas caer y amontonarse y formar remolinos de fuego. Los árboles me muestran su desnudez sin pudor, con las cortezas erizadas por el viento helado de finales de otoño. Las nubes pasan ligeras y ágiles manchando el cielo azul pálido. Todo eso me pertenece. Y el sol, que más parece una luna débil, también. Y los pájaros y la yerba y la tierra. Y las dos gruesas lágrimas que cierran el espectáculo.

(c) Julian
Bonn, octubre 1994; junio 1998

Ladillas

AHORA sólo me quedan, de los ácaros más famosos, el piojo y la sarna por probar. Había sufrido de niño amigo de los gatos la picante companía de la pulga pertinaz; también infante, jugando con perros, había comprobado en carne propia el voraz apetito de la garrapata chupadora; y hace ya unos diez años, en un hotel de supuesto pero no probado lujo, hube de jugar a los escondites, muy en contra de mi voluntad, con una chinche invisible. Y ahora les cuento cómo salí airoso de una batalla campal que libré recién contra un apertrechado ejército de sencillas y amarillas ladillas.

Me picaba el pubis en estos últimos días con intensidad poco común. Como es natural, no le presté especial atención a este hecho, para mí sin ningún tipo de importancia. Hasta que descubrí la primera, casualmente. Estaba subiéndome los calzoncillos después de una suculenta cagada (y la posterior y rigurosa limpieza) cuando un escozor violento en el pubis me hizo detener la acción vestidora para llevar las dos manos hacia el montecillo de vellos enroscados y rascarme fogosa y desaforadamente. ¡Ay cuánto placer causa rascarse cuando pica! Así estaba, rastrillándome con tanto gusto, suspirando y entrecerrando los ojos, cuando vi una cosita, una minúscula pelusita, amarillita, tiernecita, moviéndose, equilibrando como funámbula sobre uno de los numerosos pendejos. La cogí con el índice y el pulgar, me la acerqué para verla mejor, y estupefacto y preso de un asco paralizante me percaté de que se trataba de un parásito. La aplasté con las uñas de los pulgares y me hice a la búsqueda de parientes y amigos de aquella intrusa, encontrando, efectivamente, cinco o seis más, a quienes eliminé de la misma manera.

No me fue difícil dar con ella en la enciclopedia, pues si bien yo no sabía con certeza de qué bicho se trataba, era ladilla de los pocos nombres que me vinieron a la mente a la hora de buscar información acerca del parasitismo del que era víctima. Nosequecosa pubis. El nombre científico, o, más bien, el apellido, lo decía todo. Y la foto. Me dió un escalofrío tremendo reconocer en la foto al animal que había arrancado minutos antes de mis partes de pudor. Fue como reconocer en el compartimiento de un tren al único otro pasajero como el asesino sanguinario anunciado en el cartel colgado sobre su cabeza con su foto y el rezo "se busca"... Y bien, éter sulfuroso y DDT las exterminan, sentenciaba el libro que todo lo sabe. Pues nada, a comprar un jabón de azufre, que se obtiene en la droguería sin tener que dar mayores explicaciones, me dije.

Compré un jabón de azufre sin tener que dar explicaciones avergonzantes (¿y por qué avergonzante? ¡mira que uno es tonto!) o, mejor dicho, sin necesidad de explicar el incómodo motivo por el cual lo necesitaba. Me apresuré en llegar a casa. Me desnudé y fui inmediatemente a la ducha. Antes de abrir el grifo hice otro repaso, descubriendo nuevamente otra media docena de ácaros polizontes. Comencé a ducharme restregándome intensamente el jabón recién comprado por el pubis y dejando a la espuma actuar unos minutos. Lavé el calzoncillo con él, dejándolo largo tiempo enjabonado y enjuagándolo con agua hirviendo casi. Me puse ropa interior limpia y me acosté tranquilo de saber que las ladillas invasoras estaban siendo envenenadas en ese justo instante por el azufre ponzoñoso que les había aplicado.

Pero, ¡ay desengaño!, al día siguiente, si bien habían muerto unas cuantas ladillas, aún quedaban bastantes vivitas y coleando. Y peor todavía: tenía virtualmente todos los pendejos forrados con liendres. Como si los parásitos, al ver su existencia en peligro, hubieran resuelto reproducirse desenfrenadamente para asegurar la continuidad de la especie en aquel hábitat tibio y oscuro.

"Busco un talco antiladilla", susurré, con las orejas echando fuego, chispas y humo, a la dependiente de la farmacia de la esquina, rogándole al Señor y a los cuatro Arcángeles que nadie en la cola oyese ni entendiese mi pedido. "¿Qué cosa quiere?", gritó la mujer, maleducada. "Algo contra ladillas, un talco o algo por el estilo", repetí un poco más alto. La señora, impertinente, volvió a gritar, haciendo una mueca de incomprensión: "¿Contra qué?". Fue entonces cuando, con la paciencia gastada, pelada y quemada, vociferé, articulando cada sílaba de la oración: "Al-go con-tra la-di-llas". Una sonrisa marcó su rostro y comprendí que siempre hablaba así, gritando. La gente en la cola, que a la sazón había duplicado su largo, participaba divertida del espectáculo. "Ah, contra ladillas... No tenemos talco. Champú o ungüento, pero talco no tenemos." "Entonces déme el ungüento, por favor."

Es realmente un poderoso insecticida, el lindano. Lindano era el componente más importante del ungüento que compré en la farmacia de la esquina para exterminar a las ladillas que se habían diseminado en el velludo territorio que va desde mi ombligo hasta el escroto y aún más, hasta el ano. "Aplicar tres días consecutivos. Nunca por un período más largo", rezaban las instrucciones de uso. Y exactamente así hice. Ya de la primera unción nocturna y extrema perecieron todas ellas. ¡Ay cómo arde al untarse, cáustica, la pomada, en los güevos! (Gracias P.N. por el giro.) Quedé anonadado a la mañana siguiente cuando fui a la ducha y me quité los calzoncillos: un sinnúmero de bichitos muertos cayeron fríos y patitiesos sobre el igualmente gélido piso de azulejos negros, que ahora era negriamarillo: negra noche polar pespunteada con diminutas estrellas, cada estrella el alma de una ladilla asesinada por envenenamiento. Debe haber sido algo así como el holocausto lindánico lo que acaeció en mis partes esa noche. Mi asombro absoluto, sin embargo, no lo provocaba en primer lugar la incuestionable eficacia del preparado sino la pregunta: ¿de dónde carajo salieron tantas ladillas?

Siguiendo las instrucciones de uso de la pomada, me la estuve untando durante tres días consecutivos. El cuarto día cambié la ropa de cama, la toalla, pantalones, camisas, etc. Sólo quedaba una tarea por realizar en lo que a la batalla contra las ladillas se refería, y era librarme de las liendres inertes, aún prendidas de mis pendejos. Uno por uno hube de revisarlos, arrancando con las uñas del pulgar y el índice los huevecillos que encontraba pegados. Más de un vello fue extirpado de raíz en esta desagradable faena, pues estos bichos desgraciados utilizan un engrudo excelente.

El quinto día me entró nuevamente una gran comezón en el pubis y el escroto que me preocupó enormemente, pues el tratamiento con lindano no se podía repetir (bajo ningún concepto, según las instrucciones) hasta dentro de dos semanas. Implanté el estado de emergencia, con sirenas y todo, y, con la adrenalina a millón, que es cuando mis ojos se convierten en ojos de ágila, revisé acuciosa y prusianamente mi pendejera.

Pero nada, no se trataba de "La Guerra de las Ladillas, Segunda Parte" de George Ladillucas, sino que mi piel, que había sufrido mucho con la química insecticida, estaba despellejándose, causando aquel escozor reincidente.

Y aquí termina este cuento de horror. Si pensaban que les iba a contar cómo fue que las cogí, tengo que decepcionarlos. Abur.

Bonn, 8 de febrero de 1994

A las tres y diez

A las tres y diez del sábado llegaba Erwin a Hamburgo. Habíamos quedado en que yo lo recogería en la Estación Central, pasabamos juntos unas horas y luego él continuaba viaje a Berlín, donde tenía que participar en un seminario el domingo por la mañana.

Yo iba a pasarme el fin de semana completo en Hamburgo visitando a mi madre. El jueves ella me anticipó por teléfono que una amiga que cumplía nosecuántos años la había invitado a una fiestecita de señoronas con café y tartas el sábado por la tarde. Qué bien: con las cosas así pensaba verme con Erwin unas horas el sábado mientras mi madre asistía al cumpleaños de su amiga... Pensaba.

El viernes por la noche arribé a casa de mi madre. Le llevé unas margaritas que daban gusto. Las arregló en un jarrón sobre la cómoda y cuando nos sentamos en el sofá dijo: "Mañana no voy a donde mi amiga... estoy resfriada... y además... tú estás aquí". Un calambre frío bajó lentamente por mi espinazo. Con este cambio de plan tenía dos opciones: llamar a Erwin y decirle que no nos encontraríamos, que viajara directo a Berlín, o contarle a mi madre, de una vez por todas, mi inútil secreto.

Si me decidí por lo segundo no fue por valentía. Para llamar a Erwin habría tenido que hacerlo con el teléfono de mi madre, desde su apartamentico sin escondites. Además, a Erwin le habría dolido y decepcionado sobremanera que yo hubiera optado por cancelar el encuentro. Tomada la decisión, venía la pregunta de cómo y cuándo decírselo a mi madre.

"Cuanto antes, mejor, para tener tiempo para conversar y contarle un poco antes de que lo conozca... Pero, ¿cómo carajo empiezo?" Un dolor en la boca del estómago no me dejó en paz hasta la noche siguiente. Por supuesto que me acosté sin decirle nada. "¡Cobarde, cobarde!" retumbaba una y otra vez en mis oídos, y me despertaba a cada rato en medio de la penumbra de la sala, sudoroso y sofocado, con un puñal en el vientre.

El sábado nos levantamos a las nueve. Desayunamos. Salimos de compras. Sabía perfectamente que no iba a abrir la boca, y esta convicción recrudecía mi dolor de barriga. Cagué seis veces esa mañana: cada vez que pensaba en el próximo e inevitable arribo de Erwin a Hamburgo tenía que ir corriendo al baño. A las doce preparamos conjuntamente el almuerzo: mi brazo en la cocina revolviendo el pollo en cazuela y el resto de mí, con los nervios a punto de traicionarme, ausente, en otro planeta. A la una almorzamos. Apenas me bajaba bocado. Pero mis cualidades histriónicas son tales que mi madre no percibió nada excepcional en mi comportamiento. Nos tiramos en el sofá para dormir la siesta. "¡Dícelo ahora, coño! ¡Ya son casi las dos! ¡No puedes dejar a Erwin embarcado y sin noticia en la estación! ¡Coñoooo!" Para alivio transitorio mío, mi madre cayó rendida al instante. "Si duerme no puedo hablar con ella...", me dije, buscando la mirada cómplice de las mudas y estáticas margaritas.

A las tres nos levantamos. De casa de mi madre a la Estación Central es un cuarto de hora en coche. Tenía ganas de llorar. Mis tripas estaban más vacías que un caño de desagüe en época de seca, de modo que no podía buscar fugaz alivio en el baño. Mi madre bajó un momento a botar la basura. Me lancé hacia el teléfono y llamé a casa de Erwin para dejarle un mensaje en el contestador automático, sabiendo que él lo rastrearía desde Hamburgo al verse abandonado en la estación. Le dejé dicho que me esperara en la taquilla principal, que llegaría con algún retraso. Apenas colgué el teléfono sonó el timbre de la puerta. Mi hermano (que sí ya sabía, aliado secreto, aunque su presencia ahora no me era una ayuda). Saludos. Y detrás mi madre de regreso. Nos sentamos los tres en el sofá. Conversamos. Yo no oía nada. Tampoco veía más que figuras borrosas, irreconocibles. Ansiedad. Desasosiego. El secundero del reloj sobre la cómoda daba vueltas a tal velocidad que mirarlo me provocaba náuseas. Las margaritas, despeinadas por la ventolera que levantaba el reloj, me miraban comprensivas y con cierta lástima. Eran casi las tres y diez.

A las tres y diez en punto me levanté y fui a la cocina. Contuve las ganas de vomitar, me repuse un poco y grité. Grité como un náufrago que divisa un barco en el horizonte después de semanas a la deriva agarrado de una tabla putrefacta: fue un grito sordo, desesperado y final de auxilio.

—Mami ven acá—, grité.

Mi madre interrumpió el diálogo con mi hermano y vino a la cocina.

—Dime—, se me acercó radiantemente cándida.

—Quiero presentarte a alguien—, le dije mirándola firmemente a los ojos, con una sonrisa forzada ocultando mi horror, sintiéndome como un balón que ha sido pinchado y que pierde el aire.

—¿Ah, si? ¿A quién?— Preguntó ya consciente de la seriedad del asunto, mas alegre y curiosa.

Un breve silencio dejó el "a quién" retumbando de una pared a otra, del piso al techo, como un eco inextinguible. Y mientras, yo buscando la forma más apropiada de soltárselo:

—How to say... my boyfriend—, acerté a balbucear finalmente, en la lengua extraña que suaviza las duras verdades.

Se me acercó y me abrazó. Ahora que ya estaba dicha la esencia sentía una fatiga infinita. Y su abrazo reconfortaba. Era como la primera ropa seca y tibia después del salvamento, dándome la sensación definitiva de haber sobrevivido la catástrofe.

De repente volví en mí y miré el reloj.

—Se llama Erwin—, dije. —Llegaba a las tres y diez a la Estación Central y quedé en recogerlo.

—Entoces hay que apurarse, que ya son las y cuarto—, respondió, y sin perder más tiempo partimos a la estación.



Julian
Hamburgo, 6 de mayo de 1995